Hoy voy a dejar las ideas y pensamientos trascendentales para otro día, y os voy a contar el viaje de fin de semana a Londres.
Capítulo uno: La decisión
Decidir ir a Londres fue tan fácil como llegar una noche a casa con cuatro cervezas encima después de una velada cosmopolita. Esas cervecitas me iban a conducir a la ciudad más cosmopolita de Europa. Un billete, dos amigas y todo listo.
Capítulo dos: Jueves. Salida desde Sevilla City.
Había sido un día largo, pesado y caluroso. De esos días de principios del verano sevillano. 40 grados a la sombra. Me derretía. De cualquier forma, iba ilusionada con mi peque?a maletita de Marilyn, que siempre me acompa?a en los mejores momentos.
Ha sido un viaje lleno de peque?as adversidades, que logramos superan quickly, quickly.
La primera cagada estuvo protagonizada por mí misma. Para que fallar? Mi DNI estaba caducado. Me cayó un gran goterón por la frente…pero allí estaba mi pasaporte para solucionarme la vida. Después de las reprimendas de mis dos compa?eras de viaje, que me recordaron lo capulla y desastre que suelo ser…Vivimos “el momentaso de Alicia” Alicia en estado de shock, sin saber que hacer con una bandeja de plástico en el paso para la sala de espera del avión. Es que pitaba por todo…yo ya la veía como Enrique iglesias en el anuncio ese de relojes. Jejeje.
Tras una larga espera en el aeropuerto comenzamos realmente el viaje. Al entrar en el avión, descubrimos el porqué de la larga cola que había afuera, y en la que no participamos en ningún momento. Se iniciaba la guerra por un asiento.
Allí, había un poco de todo, incluido un doble de Rafael Medina, el hijo de Nati Abascal. Yo me senté junto a una pareja de ingles. Ella parecía acostumbrada a esto de los aviones. Acurrucada en su asiento y en calcetines, parecía que más que en un avión estuviera en el salón de su casa. Andaban ellos preocupados con algo, pero no tenía la menor intención de enterarme. Aunque la cara de amargada de ella me llamaba altamente la atención.
En fin comenzamos a preguntar en el avión por algún medio de trasporte para llegar al centro de Londres. Allí te lo vendían todo, pero claro “el super azafato jerezano” (que no se enteraba de nada) nos aconsejaba el tren hasta la quinta pu?eta, en lugar del autobús a Victoria Station, nuestro destino final. Este tío no se entera que el metro cierra a las 23.00 horas o qué? Qué cosas!
Guau! Novedades entre los pasajeros. La pareja de al lado parecía que ahora se quería más que nunca comenzaban los arrumacos, besos y esas cosas. (ehhh, estoy aquí, podéis cortaros?) Seguí mirando para otro lado, claro. Una portuense en viaje de negocios, una familia de cordobeses cargados de tortillas, altamente emocionados de estar allí, en definitiva, dieron por culo durante todo el viaje. También habían unos super modernos, cools en busca, quizás de nuevas emociones, y el inigualable doble de Rafael mediana: patillas, gomina, chaqueta azul acompa?ada de pa?uelo blanco en el bolsillo de la solapa. Una extra?a mezcla entre un se?orito sevillano, y un English getleman. Guau chico!
Por fin aterrizamos, todo fue fácil. Autobús y ya estábamos en Victoria. Aunque antes de irnos, estuve media hora preguntándome qué hacía el Rafael Medina entrando por la puerta del conductor en el bus. Hasta que…cu?aaaoooo que estoy en England. Es verdad conducen por la izquierda…jejeje.
El camino hacía nuestro querido Astor Victoria fue tortuoso. Había dos calles con el mismo nombre. Probamos con la primera. Los números de la calle no eran correlativos (esto qué es?) y además cambiaba de nombre en mitad de la calle por la cara. Así que fuimos hasta la otra calle. Buckinham Road pa’rriba, Buckinham Road pa’ bajo. Descubrimos que nuestra calle era la primera. Jarllll. Yo ya pensaba que iba a dormir en un parque. Pero no…allí estábamos…frente a la puerta del hostal…no nos abrían. Vaya! Hasta que llegó un super gay espa?ol, que nos dijo: no os abren chicas? Esperad un segundo? Y a voz en grito dijo: Maricón, abre la puerta cabrón. Seguro que si fueran tres rubios de metro ochenta hubieras abierto ya? La respuesta: nos abrieron enseguida. Ya estábamos allí, y en contra de todas las predicciones el recepcionista no estaba gordo, era un punki muy mono…
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